domingo, 20 de julio de 2008

tú jefe, yo secretaria


Adjunto una carta de una secretaria que habla de su jefe, ya desaparecido.
Es un relato fiel de la simbiosis que se puede llegar a dar entre un jefe y su secretaria y de las relaciones tan poderosas que se pueden desarrollar entre ambos.
No en vano dicen que la mayoría de jefes se enamoran de sus secretarias, pues ellas llegan a conocer muchas más intimidades que las propias esposas y además no riñen...

La Opinión (NEGOCIO 17/07/2008)
MI RETRATO DE RODRIGO URÍA
Nina Alejandrinos(*)

No es posible resumir en pocas palabras la experiencia de haber trabajado para Rodrigo Uría. Trabajar para él ha sido una tarea fácil y no tan fácil. Fácil porque era un hombre que tenía muy claro lo que quería y no tan fácil por su carácter temperamental, que a veces podía llegar a ser duro, pero su carisma, generosidad y sobre todo su faceta humana compensaban sobradamente lo anterior. Daba una de cal y otra de arena. Es así como pasé los 30 años que trabajé con él.
Amó la libertad en todos los sentidos, la independencia, su espacio para poder moverse a sus anchas. A cambio, también respetaba el espacio de los demás. Exigía y no exigía directamente. No presionaba a no ser que fuese realmente necesario y urgente. Daba libertad para tomar el tiempo necesario, confiado en que la urgencia la tenía que poner yo. Al final, ¿qué pasaba? Pasaba, que intentaba terminar las cosas lo antes posible, lo que indirectamente era una forma de exigencia.
Le apasionaba el arte y en cierto modo era un artista por su gran imaginación y creatividad que sirvió para “revolucionar” y modernizar no sólo el aspecto físico sino también la organización del despacho. Por supuesto, contaba con unos colaboradores magníficos.
Tenía un gran sentido del humor, a veces irónico. Disfrutaba en todo lo que hacía por más duro que fuese. Me acuerdo que un día me dijo que él estaba de moda porque era feo, bajito y narigudo como Woody Allen. De hecho siempre me decía: “Nina, lo último que hay que perder en esta vida es el sentido del humor”. Esto lo heredó de sus padres.
La generosidad era una de sus grandes virtudes. Le preocupaba mucho el bienestar de la gente que trabaja en el despacho.
Sabía escuchar y si alguien tenía un problema, le ayudaba en todo lo que podía, al punto de costear personalmente los gastos necesarios. Esto pasó concretamente con una secretaria que tenía un problema de salud cuyos médicos no llegaban a detectar. Él le recomendó a su médico personal y me dijo: “Nina, llama a mi médico para que la atienda y que me pase todas sus facturas”. Y esta no fue la única ocasión. A él le gustaba que la gente fuese a verle para echarles una mano. Sólo con ver la expresión en la cara de una secretaria sabía si tenía un problema y le preguntaba:
“Señorita, a usted le pasa algo. ¿Quizás tiene algo que ver con su jefe?” Esta generosidad traspasó incluso los límites de su propio despacho. La tuvo en el Museo del Prado. Jamás quiso cobrarle al Museo ni un sólo duro ni siquiera por gastos institucionales y fue tajante con este tema.
Tenía una mente privilegiada. Era un gran lector y tenía un enorme bagaje de cultura y conocimientos. Muchas veces yo me preguntaba dónde y cuándo encontraba el tiempo para leer tanto.
Tenía el don de la palabra y de las gentes. Le encantaba compartir sus conocimientos y por eso le divertía dar conferencias. De hecho cuando recibía una invitación para participar en una conferencia, sobre todo ante estudiantes, me decía: “Nina, sé que no me sobra tiempo pero no lo puedo remediar, esto es lo que más me divierte”. Yo me acuerdo por los años 85-90 cuando dirigió unos Cursos de Verano en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander, una estudiante me llamó para ver si podía hacer algo para matricularse un año en el que se le había olvidado apuntarse diciendo: “Por favor, señorita, ¿me podría ayudar a matricularme en la Universidad? Estuve siguiendo los cursos de don Rodrigo Uría y no quisiera perderme ninguno por lo divertido que eran y este año se me olvidó hacerlo”.
Amaba la vida y se aburría con la rutina. Disfrutaba de los retos e inconscientemente pudo haber retado a su propia vida y así nos dejó. Vivió intensamente. Iba a por todo, se apuntaba a todo sin pararse a pensar si estaba en condiciones físicas para ello. Cuando yo veía que estaba cansado o no se encontraba muy bien, le preguntaba si de verdad quería ir a tal o cual cena y siempre me respondía que sí, para luego pedir cancelarla porque se sentía cansado. Estos son solamente unos pocos rasgos de su gran personalidad. Ha sido un verdadero privilegio trabajar para él y sólo puedo dar gracias por sus enseñanzas.
Era un hombre único en todos los sentidos e irrepetible.

(*) Nina Alejandrinos fue la secretaria del abogado Rodrigo Uría durante más de treinta años.