viernes, 8 de octubre de 2010

te cuento porque quiero que cuentes


Érase que se era –porque así empiezan los cuentos– un hombre al que le gustaba contar.

Había contado las nubes de toda una primavera y las flores de las que pudo aspirar su aroma.

Contó peces y perros y gatos y hasta pasos. Éstos últimos eran los que más le gustaba contar.

Contaba pasos físicos, como los que dio por primera vez su primera nieta cuando, tambaleante, se aproximó hasta él para caer “rendida” en su brazos.

Y también contaba pasos espirituales y de éstos pudo contar muchos, muchísimos, todos los que dieron las personas a las que fue encontrándose en su camino.

Contó todos esos pasos que le hicieron vibrar pero también todos esos otros, para su gusto demasiados, que le hicieron llorar.

Y siguió contando, porque le gustaba contar, hasta que se dio cuenta que contando él también contaba.

Las personas que le conocieron de verdad supieron al instante que tenían a alguien con quien contar y le contaron a él también. Le contaron para las risas y también para los llantos y decidieron tenerle en cuenta.

Hoy por hoy sigue contando y dejándose contar, porque quiere contar, porque quiere que cuenten.