jueves, 25 de junio de 2009

sOuleDAdes



Infinidad de nombres dan vueltas en mi cabeza, sin sentido ni orientación, como si me los susurraran al oído. Algunos son nuevos, otros se repiten y otros, curiosamente, reaparecen después de largo tiempo olvidados.

Siempre he creído que somos almas dentro de cuerpos que –a modo de hogar– habitamos.

Son nuestras almas las que nos indican cómo actuar, a quién escoger, qué hacer, por dónde caminar, mientras nuestros cuerpos humanos, ocupados en procesos vitales demasiado ruidosos y egoístas, nos impiden ser conscientes de esas señales.

Me considero una de esas pocas personas que no cree en las casualidades sino más bien en las causalidades y un largo proceso interno de auto-reestructuración me ha permitido aprender a acallar este hogar, que llevo puesto encima de mi alma, para así poder escuchar sus mensajes [esos nombres], seguir el camino que ella quiere seguir [porque seguro que será el adecuado], conocer y tratar o, más allá aún, aprender a tratar a esas personas que van surgiendo en mi camino [de vida].

Nuestras almas no entienden de razas, ni de religiones, ni de poder o de riqueza, ni de niveles sociales, ni siquiera de niveles formativos y, a pesar de ello, son mucho más sabias de lo que podremos llegar a ser, en este corto tramo del camino que constituye Nuestra Vida.

El pasado viernes murió un cuerpo cuya alma se convirtió en grande y hasta se dejó ver. Vicente Ferrer olvidó su cuerpo para cultivar su alma y así poder desarrollar su misión en este mundo terrenal.

Y tú: ¿dejas hablar a tu alma o es tu cuerpo el que manda?